La sabiduría del calendario esenio

La tradición espiritual de la Kabalá Nazarena es el linaje hebreo-esenio-nazareno de Avraham, Moshé y Yeshúa. Por esta razón, utilizamos el calendario esenio para seguir el ciclo anual de las meditaciones establecidas en las Escrituras.

El calendario esenio deriva del calendario de Janoj (Enoc), un patriarca anterior a Noaj (Noé).

El calendario de Janoj lo encontramos en el primer Libro de Janoj que le fue revelado por el ángel Uriel (“Luz de Elohim”) y es el calendario sacerdotal original que se utilizó en la Toráh.

La importancia y el carácter sagrado del calendario, radica en que fue revelado por Yehováh a Moshé y porque forma parte de la armonía cósmica general.

La idea que subyace en el Libro de Jubileos y en el Libro de las Luminarias de Janoc, es que “el no seguir exactamente el ritmo de los tiempos que marca el calendario, equivale a entrar en conflicto con la Toráh revelada por Yehováh, y en desarmonía con los cielos, con el curso de los astros y con los ángeles mismos”.

El calendario de Janoj fue utilizado por los patriarcas antediluvianos y por Noaj, Avraham, Yitzjak y Yaakov. Fue enseñado a Moshé por el ángel de Yehováh y continuó utilizándose hasta el período del segundo templo bajo Esdras y Nehemías. Fue el calendario oficial hebreo hasta el segundo siglo antes del Mashiaj, cuando el rey Antíoco IV Epífanes puso fin a la utilización del calendario de Janoj y obligó a los hebreos a observar el calendario lunar de origen babilónico, introduciendo su uso en la vida religiosa y en el templo.

Una parte de los sacerdotes se reveló a esta disposición de Antioco y se retiraron al desierto fundando la comunidad esenia de Qumram, la cual continuó utilizando el calendario de Janoj, como revelaron los hallazgos de los manuscritos del Mar de la Sal.

Dentro de estos manuscritos se encontraron copias del Libro de los Jubileos que preservó el calendario de Janoj. El libro de los Jubileos, advirtió a los hebreos de protegerse en contra de la helenización y de adoptar el calendario griego de Antioco. Los escritores del Libro de los Jubileos temían que si el pueblo hebreo observaba el calendario griego iban a olvidar el calendario de Janoj y los verdaderos meses de Yehováh. Entonces perderían la noción del Shabat y olvidarían las fiestas establecidas en la Toráh.

Dice el Libro de los Jubileos: “Entonces todos los hijos de Yisrael errarán y no hallarán el curso de los años, descuidarán el principio de los meses, la estación y el Shabat, y equivocarán la norma de los años. Pues yo sé, y desde ahora te lo hago saber, y no por cuenta propia, pues ante mí está el libro escrito y establecida está en las tablas celestiales la distribución de los días, que olvidarán las festividades de la alianza y seguirán, con las fiestas de los gentiles, sus errores y su insipiencia.

Habrá quienes observen el aspecto de la luna; pero ésta varía las estaciones y se adelanta a los años, en cada uno diez días. Por eso tendrán años que estarán alterados y harán infausto el día de revelación e inmundo el de festividad, y los confundirán todos, los días santos como impuros, y los impuros como santos, pues equivocarán los meses, las semanas, las festividades y los jubileos. Por eso yo te ordeno y te conjuro que los exhortes, pues tras tu muerte tus hijos se corromperán, no computando años de sólo 364 días, con lo que equivocarán el principio de los meses, la estación, las semanas y las festividades, y comerán la sangre de toda carne”. Jubileos 6:34-38

El calendario que usaban los esenios era uno de los fundamentos más importantes para conducir su vida.

El calendario esenio es solar. Tiene 364 días, a diferencia del calendario judío rabínico lunisolar que se compone de 354 días.

El calendario de la Orden Esenia consta de 12 meses nombrados como primer mes, segundo mes, tercer mes, cuarto mes, quinto mes, sexto, mes, séptimo mes, octavo mes, noveno mes, décimo mes, undécimo mes y duodécimo mes.

Cada mes es de 30 días, más cuatro días intercalados, uno al final de cada trimestre. Por lo tanto, los meses tercero, sexto, noveno y doceavo constaban de 31 días.

El año solar de 52 semanas, estaba dividido en 4 trimestres, siguiendo las estaciones, de 13 semanas cada uno.

El primer día del año y los primeros días de cada trimestre (meses primero, cuarto, séptimo y décimo), caían siempre el cuarto día de la semana (miércoles), por ser el día en que “Elohim creó las luminarias del firmamento para servir de señales para las estaciones, días y años”. (Ber/Gen 1: 14). Es importante recordar que el día hebreo comienza al atardecer del día anterior.

El primer mes comienza cuando el sol entra en la constelación de Aries, siendo el comienzo de año el día cuarto de la semana relacionado con el equinoccio de otoño del hemisferio sur (aproximadamente el 21 de marzo).

Las fiestas y las solemnidades caían siempre en el mismo día del mes y de la semana. Estas fiestas coincidían con el judaísmo oficial, pero se diferenciaban en las fechas, que para los esenios eran fijas y para el templo eran movibles debido a la luna.

Sabemos hoy que Yeshúa tenía una estrecha relación con la orden esenia y utilizaba su calendario para celebrar las fiestas de la Toráh. Por ejemplo, Yeshúa y sus discípulos celebraron Pesaj (última cena) al anochecer del tercer día (martes), de acuerdo con el calendario solar de la comunidad de Qumrán y no con el lunar oficial judío.

Refiriéndose a este tema, el teólogo Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, señaló:

“En las narraciones de los evangelistas hay una aparente contradicción entre el Evangelio de Juan, por un lado, y lo que Mateo, Marcos y Lucas nos dicen por otra parte. Según Juan, Jesús murió en la cruz precisamente en el momento en el que, en el templo, los corderos de la Pascua estaban siendo sacrificados. En el Evangelio de Juan (Jn 18,28) se dice expresamente que, cuando se llevaron a Jesús desde casa de Caifás a ver a Pilatos, era muy de mañana y los apóstoles no entraron en la vivienda del pretorio por no contaminarse, a fin de poder comer de las víctimas de la cena pascual, un banquete que habría de celebrarse, según esta versión, en la tarde inmediatamente después de la crucifixión. Por tanto, Jesús no habría muerto durante la fiesta de Pascua, sino la víspera, el mismo día en que se inmolaban los corderos. Así es que la cena celebrada por él no habría sido una cena pascual, con cordero, ya que los animales aún no habían sido sacrificados. Su muerte y el sacrificio de los corderos coincidieron. Esto es, que murió en la víspera de la Pascua, y que, por tanto, no podía haber celebrado personalmente la cena pascual. Por el contrario, de acuerdo a los tres evangelistas sinópticos, la última cena de Jesús fue una cena pascual en su forma tradicional. Él introdujo la novedad del don de su cuerpo y sangre.

Esta contradicción parecía imposible de resolver hasta hace unos años. La mayoría de los exegetas pensaban que Juan no quería comunicarnos la verdadera fecha histórica de la muerte de Jesús, y tuvo que optar por una fecha simbólica para hacer la verdad profunda más evidente: Jesús es el nuevo y verdadero cordero que derramó su sangre por nosotros.

El descubrimiento de los manuscritos de Qumrán nos ha llevado a una solución convincente posible que, aunque no aceptada por todos, es altamente probable. Ahora podemos decir que aquello a lo que Juan se refirió es históricamente correcto. Jesús realmente derramó su sangre en la víspera de la Pascua, a la hora del sacrificio de los corderos.

Sin embargo, celebró la Pascua con sus discípulos probablemente de acuerdo con el calendario de Qumrán, es decir, al menos un día antes – lo celebró sin cordero, como la comunidad de Qumrán, que no reconoció el Templo de Herodes y esperaba un nuevo templo. En lugar del cordero Jesús se entregó a sí mismo, ofreció su cuerpo y su sangre, cumpliendo con la célebre afirmación “nadie me la quita (la vida); yo la doy voluntariamente” (Juan 10, 18). Sólo de este modo la antigua Pascua alcanzaba su verdadero sentido. Él mismo era el Cordero esperado, el verdadero, como había preanunciado Juan el Bautista al inicio del ministerio público de Jesús: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29). Hasta aquí la cita del Papa.

Además de las fiestas solemnes de la Toráh, de los Shabat y de los comienzos de cada mes, los esenios consideraban los cuatro días intercalados, “días de conmemoración”, por coincidir con el inicio de las estaciones.

Shalom Yeshúa alejem

Yojanán